Luces de parqueo

retrovisor2525252520interiorLa luz del semáforo de verde cambió a amarilla y apreté el pedal de freno porque en el travesaño había cámaras. Maldije bajito a los dioses de las cámaras de los semáforos. El que venía justo detrás, de estar en mi lugar, hubiera hundido el acelerador y me lo hizo saber con un concierto de pito que nadie elogiaría por su ritmo sino por su sincera intención. Extendí las manos en el volante y separé los dedos hasta mostrar los tendones y mientras metía la cabeza entre las rodillas solté berridos nuevos y ahora más nítidos: «¡hijueputa! ¡malparido! ¡hijueputa!». Hice un recorrido desesperado por los tres espejos para ver quién era el mentado, porque prejuzgué que era un hombre, porque prejuzgo sin más. Qué tipo de vehículo conducía, qué tan peligrosa parecía su cara, cuántos años tendría, de qué tamaño eran su espalda y antebrazos. Toda, información valiosa que necesitaba cuanto antes para, unas cuadras más adelante, decidirme a cerrarle el paso y, aún más lejos, quizás batirnos a un duelo a muerte. Tal vez si fuese pequeño podría matarlo de un solo golpe, eso sería lo mejor para los dos. Pero tenía vidrios polarizados al 30 o 40 por ciento, como la mayoría de carros en Barranquilla. Entonces pensé si sería policía, o un lavaperros del Clan del Golfo. ¿Y si fuera uno de esos depravados que estaciona enfrente de los colegios para masturbarse? Han arrestado a tres esta semana y llevan los vidrios oscuros. Era como llamar a lista a cada ser despreciable de un mundo despreciable, aunque lo más seguro es que solo quería proteger la cojinería y las consolas del sol, como la mayoría de barranquilleros. Sigo tratando de adivinar pero en el retrovisor solo me tropiezo una y otra vez con mi propia mirada: desfigurada, maniática, cansada. Me pregunté sin querer preguntarme qué despertará ese habitáculo en mí -un tipo tranquilo, desarmado y fuera de forma para la lucha cuerpo a cuerpo- para que de golpe me halle interpretando el ridículo papel de un varón hostil, estúpido y considerablemente vengativo. ¿Quién es el tipo que soy en este carro, frente a este espejo? Me revisé las fosas nasales y las comisuras, me pellizqué las ojeras, inventarié nuevas pecas y puntos negros, me aseguré de tener los mismos dientes del día anterior y devolví algún mechón de pelo a su lugar de origen. Cualquier cosa menos volver a mirar a los ojos a ese tipo en el que me he convertido. Siento pena por él, porque hace unos años no era así. Ahora manejar me exaspera profundamente, me hace sentir desamparado, vacío, como un forajido. Así no sea necesario siempre conduzco por la ciudad con una prisa irracional. Es probable que, si busco ayuda, el psiquiatra encuentre desde la primera consulta que padezco el Síndrome de Ira al Volante. La luz del semáforo de roja cambia a amarilla y, de nuevo, recibo un gentil finale de bocina a cargo del fulano de atrás. Temo por mi diagnóstico, el mío propio. Sé que no es una patología, ni consecuencia de la siempre estable cantidad de hijueputas del mundo. Ni siquiera es la rabia orgánica, básica, milenaria, entendible, de tener que transportarse. Entonces me respondo sin querer responderme. No es el afán de llegar, sino el de evadirme. De abandonar una cápsula de cuatro ruedas en la que me encuentro irremediablemente conmigo mismo. He sido durante años el hijueputa de alguien más. Cierro los ojos y suelto los pedales. Levanto el freno de mano hasta el último crujido y pongo luces de parqueo…

 


 

 

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