Cábalas

andresLlevaba varios meses buscando ese trabajo estable que todos en algún momento queremos, el que lo pone a uno a pensar a mediano plazo, a endeudarse y a hacer planes. La búsqueda resultó tan árida que poco a poco me resigné a encontrar simplemente un trabajo, uno sin mayúsculas ni adjetivos. Pero qué va, ni lo uno ni lo otro.

Beatriz, que ya tiene esos dos trabajos al mismo tiempo, me decía que tarde o temprano me iban a llamar, que le pusiera fe a la búsqueda y volumen al timbre del celular. “¡Y aféitate!”, me aconsejó luego de punzarle las mejilas con un beso que le hizo apretar los ojos.

Eso último nunca lo hice, nunca durante siete semanas. Primero le dije -por pereza de hacerlo- que no pensaba afeitarme ni cortarme el pelo hasta que no me llamaran a una buena entrevista de trabajo. Luego, conforme pasaban los días y no sonaba el teléfono, y viendo cómo me transformaba en un hippie frente al espejo, la apuesta se convirtió en cábala y la cábala en una urgencia personal, un asunto casi de autoestima, de vanidad, de identidad.

Los últimos días fueron los más duros. La barba me creció rala y el bozo tupido como el de un charro. El pelo, en un amague por ponerse largo, se me encocó arriba de las orejas porque tengo dos coronillas o porque me estoy quedando calvo, ya no estoy seguro. Beatriz, que las primeras semanas se reía, ahora cada vez me besaba menos, y cuando vio que iba en serio me miraba con una mezcla de compasión, repulsión y culpa, como quien mira a un náufrago. Cómo juzgarla, si era eso lo que estaba mirando.

Luego de casi dos meses el juego se acabó. Me afeité y me motilé hasta lucir como un tipo de fiar, me limé las uñas, me peiné con la palma de la mano, me puse la camisa dentro de pantalón y me despedí de Beatriz con un beso de esos que nunca nos dimos durante esas semanas raras. La llamada que había esperado la hizo una de las agencias de publicidad más buscadas de Europa, querían una entrevista conmigo. La cábala había servido.

Fueron cinco minutos. Le respondí preguntas cínicas sobre publicidad a un director de arte colocado y peludo, en bermudas y flip-flops, escuché a un diseñador con los brazos cerrados de tatuajes y traté de entender los chistes y las groserías de una publicista canaria perforada y con más vello facial que los dos anteriores. No necesitaron más tiempo para decirme “gracias por haber venido” y “te estamos llamando”. Eso fue en mayo, tres meses hace.

Tuve que preguntarme qué hubiera pasado si me presento en esa agencia de chocolocos como el hippie-mariachi-freegano en el que me había convertido por esos días, pero supongo que el truco de las cábalas es que sirven hasta que dejan de servir. Por eso a Beatriz ya no le importa si mi barba le pica, por eso la semana pasada me convenció de no esperar más y de darle un empujón a la suerte, de endeudarnos y hacer planes serios en este país aunque yo aún no tenga ese trabajo chico ni grande. Qué puedo decir, esta semana ya tuve entrevistas: ella sí que sabe de cábalas.

Andrés G. Borges
@palabraseca

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Un comentario en “Cábalas

  1. Amo todo lo que escribes, disfruto mucho tomarme este tiempo para leer y despejarme, me río mucho con algunas historias! Ojalá escribieras más seguido…

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