No se suiciden en el metro

La otra noche una muchacha cansada de la vida se tiró a las vías del metro en Diego de León, la estación más cercana a mi casa. A los diez minutos, en la superficie, se plantó una comparsa de vigilantes, policías, bomberos y paramédicos para cerrar el acceso. Hablaban y reían entre ellos pero no le daban explicaciones a ningún transeúnte. Al contrario, les pedían a los curiosos que circularan ligerito.

Abajo, en el subterráneo, ingenieros y operarios de Metro Madrid detuvieron las líneas 4, 5 y 6, que convergen en ese punto, y corrieron a avisar por los altavoces que se bloquearía el paso de trenes entre las paradas adyacentes, en ambos sentidos, por “atención sanitaria a un viajero”. Cuando los madrileños oyen ese mensaje ya saben que es el inicio del protocolo para buscar un cuerpo -o sus pedazos- entre las vías del metro. Protocolo que habitualmente acaba con un desfile de empleados de limpieza, armados de traperos y bolsas de basura, que se abren paso entre caras las de tragedia sin hacer una sola mueca.

Yo no estaba en la casa pero iba para allá, para Diego de León, cuando mis compañeros de piso me avisaron. Cada uno me contó su versión por separado en WhatsApp, ambos coincidieron en que la situación era tan grave que mejor no intentara llegar. El que me dio más detalles se enteró porque vio el tumulto de gente en la boca del metro y logró averiguar; el otro, porque estaba en el Carrefour Express y la cajera le estaba narrando la historia a cada cliente como sin querer queriendo .“¿Queréis bolsa? ¿Tenéis Tarjeta Club Carrefour? ¿Te habéis enterao’ de la chica del metro?”.

Yo, apenas supe, lo repliqué en voz alta para que me oyeran los desconocidos que esperaban conmigo en una banca de la estación de Arturo Soria, donde nunca sonó el altavoz. Los que “fliparon” con la noticia corrieron la voz a otros desconocidos; los que no, torcían los ojos que porque eso era muy común, y se acomodaban como quien ya sabe cuánto tiempo se va a tardar el asunto.

Fueron 25 minutos de espera atrapados en un andén de la línea 4. Alguien contó un par de historias sobre otros suicidas del metro, unas quinceañeras jugaban a hacer el ademán de tirarse a las vías y se partían de risa. Otros, metidos de cabeza en sus teléfonos seguramente regando el chisme en Facebook y Twitter, o aprovechando el tiempo muerto para tumbarle el récord a algún amigo en el Candy Crush.

Los que hablábamos concluimos que nos parecía el colmo que esa muchacha quisiera quitarse la vida un jueves en plena hora pico para buscar atención, que mejor lo hubiera dejado para el domingo por la tarde. Y tirársele al metro… cómo iba a escoger una forma tan escandalosa y poco considerada de matarse. Y tan ineficaz, sobre todo, porque al final sobrevivió.

Cuando por fin llegué a la estación de Diego de León nada se veía diferente. Y eso lo pone a uno a pensar. La chica quería morirse con bombos y platillos y no logró ni lo uno ni lo otro, no debe ser justo para alguien que tiene el carácter de tomar semejante decisión. Mejor encerrarse en silencio, a solas, y tragarse un frasco de Rivotril, un raticida o un balazo. No para no incomodar a la ciudad, que al final olvida rápido, sino para no darnos de qué hablar a quienes no lo merecemos. A quienes fingimos interés porque no sabemos qué hacer con tanto morbo, a cada uno de los personajes en este texto, a quienes, con muchos menos cojones, vamos por la vida buscando más atención que aquella valiente muchacha.

En Twitter / Instagram: @palabraseca
Publicado también El Tiempo

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6 comentarios en “No se suiciden en el metro

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