La plata sí es todo en la vida

plata“Mi papá me decía que jugara siempre con el corazón. Y que jugara siempre de delantero: que son los que ganan más dinero”. Lo dijo Falcao hace un año en Madrid. Hoy está tomando piña colada en Mónaco y embolsillándose el triple de lo que ganaba cuando pronunció esas palabras.

¿Qué es lo que le debe a Colombia que les da la autoridad a algunos para sollozar rabia por su nuevo equipo? Es un jugador de fútbol y por tanto mercancía, un empleado como usted o como yo. No está traqueteando, ni robando ni contratando con el Estado y, lo más importante, no le estamos pagando el sueldo.

Lo califican de “vendido” y lo juzgan por “haberse ido por la plata” cuando, dicen ellos, “la plata no lo es todo en la vida”. Error, error. Si algo nos han enseñado los últimos cuatro siglos es todo lo contrario. ¿Desde cuándo el dinero no lo es todo? Mire a su alrededor. El mismo fútbol es un negocio trillonario. Decir eso, siendo francos, es incluso mentir sobre nuestra propia naturaleza.

La plata sí lo es todo, claro que lo es. Repasemos. Cuando Marx dio sin querer la primera clase de Márketing habló sobre el dinero como medida y patrón de precios. Él ya veía que el oro -la plata, pues- podía representar el precio de casi cualquier cosa, sea “corpórea o intangible”. De ahí que un restaurante cobre lo que le dé la gana por un vaso de agua de la llave. De ahí que el empresario de Falcao puede darse el lujo de comprar el 90 por ciento de su pase y feriarlo al mejor postor. De ahí que el jugador no pertenezca a sí mismo sino a un fondo de inversión.

Todo podría calcularse en oro, interpretando a Marx, otra cosa es que es muy aburridor ponerle ‘price tags’ al amor, a la valentía, al mal genio, a los pensamientos o a las decisiones que uno toma en la vida. Llámese “lo deportivo”, “lo profesional” o, en este caso, “lo que le conviene al juego de Falcao”. Al final toda esa metafísica se traduce en una “medida general de valores”: dinero contante y sonante. Luego se sabrá si haber amado, haber sido valiente, neurótico,  jugar en el Chelsea o en el Mónaco fue o no fue buen negocio.

Dejemos de negarlo. El dinero es nuestra religión, es la respuesta a todas nuestras preguntas. Saca lo peor de cada uno. Por eso cualquier colombiano que viva en Montecarlo y cobre 14 millones de euros, se dedique a lo que se dedique, va a ser la comidilla de sus compatriotas menos afortunados, es decir, del resto. Shakira o Sofía Vergara, que le deben poco y nada a esta tierra, a la fuerza ya han aprendido que aquí las esperan muchas más envidias que sonrisas. Por eso no vuelven y hacen bien.

El dinero lo es todo y por eso nadie regala nada: hasta las causas más nobles del mundo necesitan billones de dólares porque nadie hace nada gratis. Porque la mejor educación es también la más cara. Porque los seres humanos más brillantes en lo que hacen también tienen que comprar y pagar, porque el mundo implosionó y ya vale más que todo el billete que se ha mandado imprimir. Claro que la plata no lo es todo, es lo único.

Hasta acá nos ha traído el dinero y a todos nos pervierte. No hay que avergonzarse ni avergonzar a nadie por ello. Cuántos de nosotros, como Falcao, mandaríamos todo al carajo por 14 millones de euros sin preguntar. Es más, cuántos, si pudiéramos, elegiríamos un trabajo distinto al que tenemos o al que estamos buscando. O cuántos simplemente si pudiéramos dejaríamos de trabajar para dedicarnos a viajar, comer y tirar.

Es la trampa del dinero. Que nos pone a trabajar para ganarlo y comprar con él bienes que no existen, como la felicidad. Yo no sé si Falcao sea más feliz ahora o cuando era un carroloco de 12 años y el papá le decía que “jugara siempre con el corazón”. Hoy ya vimos que no le dice eso, en cambio, él mismo lo avaluó en 100 millones de euros y lo puso a sonar para el Real Madrid.

Pero quién es uno para juzgar al uno o al otro, si es que el dinero al fin lo es todo. Nadie por elección quisiera gastarse los 20, 50 o 90 años de su existencia rebuscando, sobreviviendo, soñando despierto. La vida que deseamos, esa que nunca vamos a alcanzar, sea cual sea, cuesta plata y mucha.
En Twitter: @palabraseca
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