Noticia de un embarazo

Las coincidencias andan por ahí acechando para ver uno qué piensa de la vida. Lo ponen a uno a preguntarse si es que estamos libreteados desde siempre, si no se puede gambetear el destino que nos tocó, si nos pertenece o qué. Queriéndonos decir que hay un plan para todos: así andan por ahí las coincidencias. Pero es una trampa y no somos más que un fárrago de moléculas cargadas de voluntad y suerte. Eso es al menos lo que quisiéramos creer: que aunque leamos el horóscopo nuestro destino no está escrito.

Hay que ver ese dilema como un saldito a favor que tenemos en la vida: ser huérfanos de los dioses, pero cada uno con las mismas oportunidades. Insustanciales, pero libres.

Cuando Sir Arthur Conan Doyle creó al detective Sherlock Holmes sintió que, de entrada, debía justificar esos casos que Sherlock no iba a resolver con razonamiento puro y cultura científica sino con inesperados arepazos en el guión. Las piruetas narrativas de Doyle se convirtieron en una frase de película, pero también en una máxima universal para personajes menos interesantes de carne y hueso: “no existen las coincidencias, sólo lo inevitable”.

Un día le pregunté a Clara, mi mamá, por qué ambos tenemos nervios de paloma cuando, en cambio, mi papá y mi hermana son tan frescos, tan mesurados. Ella, que francamente no sé si cree en las coincidencias, me confesó que tengo un segundo padre además de Jorge, que fui hijo de un holocausto. La gracia del destino, y su única razón de ser, es que al final todo llegue a saberse. Por eso mi mamá hizo una jarra de tinto y se sentó a contarme la historia:

Era por la mañana, miércoles 6 de noviembre de 1985. Mi mamá madrugó como todos los días a llevar al jardín a Paulita, mi hermana, quien tendría un año y pico. Era una bebé regordeta y de lo más tranquila. Y medio taimada: ya hasta caminaba.

Paulita se despedía de mi mamá y en lugar de berrear le hacía coquitos juntando la boca con la nariz, como diciendo “Eñññe”. Luego se perdían de vista y Paulita se soltaba a abrazar a las profesoras hasta embobarlas de gracia. Sobre todo a la profe Lilia Calderón, quien años después se consagró como amiga entrañable de la familia. Incluso Clara y Jorge, mis papás, fueron padrinos de bautizo de una de sus hijas. Ese miércoles las tres cumplieron la misma rutina. 

La noche anterior mi hermana y mi papá vieron vomitar a mi mamá varias veces. Cuando se repuso, apretó los ojos, levantó el teléfono y pidió una cita médica prioritaria al dispensario de la Caja de Previsión Social. Se la dieron para el día siguiente, aquel miércoles 6, a las 9:00 a.m., en la sede de la Carrera Séptima con calle 16, ahí en el Parque Santander. Y fue.

Serían las 9:40 a.m. cuando mi mamá dejó el edificio de su cita médica y atravesó el Parque Santander hacia el sur, caminando ligero para cumplir con una reunión en el Departamento Administrativo de Bienestar Social, DABS, en la Octava con 11, en plena esquina norte de la Alcaldía de Bogotá. Mi papá también trabajaba ahí, por eso ella apretó más el paso para quizás encontrárselo.

Solo lo supo mucho tiempo después, pero en esa caminata por el Santander mi mamá se habría cruzado varias veces con un puñado de agentes de inteligencia de alto perfil, civiles y militares. Desde la madrugada, los tipos custodiaban las mismas cinco cuadras que ella recorría a punta de pasitos frenéticos.

El ex policía Ricardo Gámez Mazuera era uno de ellos. Según su testimonio, días antes, él y otros agentes estuvieron acuartelados en el norte bajo la advertencia de que ese miércoles, 6 de noviembre de 1985, algo grande iba a ocurrir. Tan preparados estaban para lo peor que, más temprano, habrían montado un operativo secreto en la Casa del Florero.

Hoy con mi mamá tratamos de adivinar sus caras, su miedo. Tal vez el mismo miedo que sintió Llorente, en esa misma casa, ese día de mercado de 1810, cuando desató la independencia de este país -dizque- por no querer prestar un florero, según reza la inflamada mitología criolla.

Gámez, al parecer detective de una nómina paralela, no solo sabía que iba a tener un día largo, estaba seguro de que más tarde tendría que matar o como mínimo ver muertos. Son casi las 10:20 a.m. y mi mamá ya va atravesando el costado norte de la Plaza de Bolívar hasta entrar al edificio del DABS, su destino.

Mientras mi mamá ingresaba, a una cuadra, siete guerrilleros del M-19 apadrinados por el lado oscuro de la luna, Pablo Escobar y ‘Los Extraditables’, ingresan al Palacio de Justicia armados con fusiles y explosivos C-4 traídos de Nicaragua. Esa era la primera misión de la operación que los malos llamaron ‘Antonio Nariño por los Derechos del Hombre’. La segunda misión era un aviso telefónico desde adentro del lugar que cumplieron minutos después. Tres decenas de guerrilleros iban en camino y comienza el Holocausto, como lo llamaron los buenos.

Mi mamá no recuerda de qué se habló en la tal reunión que tuvo ese día, solo sabe con seguridad que era un comité mensual de directoras de Jardines Infantiles. Solo un evento como ese la obligaría a ir al centro de Bogotá, pues su oficina quedaba bien al sur por la vía Villavicencio, en el Jardín Infantil Quindío.

Poco antes de las 11:00 a.m. mis papás finalmente coinciden dentro del edificio del DABS, se saludan y bajan a la calle, cruzan la acera y entran a El Cécil, una cafetería que años atrás había recibido las primeras citas de su relación. Les gustaba porque había un mezzanine con vista al Palacio. El lugar hoy no existe, o sí, solo que debe llamarse Bonaparte- Restaurant Crêperie, o algo moderno así.

En la acera de enfrente, en el parqueadero occidental del Palacio, Gerardo Díaz y Eulogio Blanco, celadores de Cobasec Ltda., con apenas días en el trabajo, eran asesinados sin contemplaciones por militantes del M-19. Nunca se supo con certeza si cayeron abaleados o degollados. No hubo testigos.

Jorge y Clara, inocentes de la historia que se iba escribiendo a su alrededor, se dieron un piquito doble –“¡pbbh, pbbh!”– y volvieron a la torre del DABS tomados de la mano. Cuando alcanzaron el último escalón del tercer piso mi mamá se detuvo y no aguantó más:

“¿Sabes qué, ‘Georgie’? Ahorita estuve en el dispensario de La Caja. Estoy embarazada”…

Cuando mi papá casi lograba un gesto definitivo para responder a la noticia “¡BOOM, BOOM, BOOM, BOOM!”. Y luego, silencio…


El sonido del cañón de ciertas armas largas es parecido al de un latigazo en una bandeja de aluminio. Ese día sonaron miles. Antes de salir del canuto, el proyectil da tantas vueltas sobre su eje que el primer disparo, si se hace caminando, por ejemplo, vuela muy por arriba del blanco; y si se hace corriendo, muy por debajo. Uno de esos disparos erráticos alcanzó a René Acuña, un hombre que iba hacia su trabajo en Almacenes Valher, en la novena con 16. Durante unos minutos su cuerpo quedó tendido en la calle y nadie lo volvió a ver. 23 años después fue encontrado en una fosa común en la que se mezclaron desaparecidos del Palacio, pero también de la tragedia de Armero, sucedida una semana después.

Acuña fue el único transeúnte que murió ese miércoles, mientras un hombre que decidió seguir alimentando a las palomas de la Plaza de Bolívar, en pleno tiroteo, volvió a casa sin un rasguño. Los gajes del destino.

Sobre el medio día, Ricardo Gámez, el agente de inteligencia que aguardaba en la calle, ya se había puesto a órdenes del operativo que más temprano no tenía nombre, y que luego se habría convertido en el Plan Nacional de Defensa ‘Tricolor 83’,  liderado por el Coronel Luis Carlos Sadovnik.

Parte del plan era la retoma del Palacio, y parte de ella eran pequeñas tomas a edificios aledaños para asegurar un perímetro de acción. Así, decenas de efectivos de la Policía y el Ejército ingresaron a la Catedral Primada, al Palacio de Liévano, a construcciones menores sobre la Carrera Octava -como el café El Cécil- y, claro, a la torre del DABS, donde estaban mis papás –y ella ahora con un bebé en la panza-, junto a otros ocho empleados.

Aguardaban encerrados en una oficina como entre la risa y el llanto. Era un absurdo. Mi mamá dice que de los nervios se daban abrazos de pánico mientras otros hacían chistes bobos sobre morir y eso. Germán, al que apodaban ‘el loco’, se puso a monear haciendo fieros por las ventanas que daban a la Plaza hasta que vinieron los jefes a regañarlo. Y mi papá, impávido, también con nervios pero de plomo, siguió escribiendo una constancia de trabajo en su máquina Remington. A veces iban al mismo compás sus teclazos y los balazos afuera. 

***

Al otro lado de la Plaza de Bolívar, en la Casa del Florero, Ricardo Gámez habría puesto en marcha otro plan -esta vez secreto- que le fue encomendado tal y como décadas después le confesó a las víctimas en un video que llegó al buzón de la Revista Semana:

“Recibí órdenes directas de -El coronel Luis Alfonso- Plazas Vega de torturar y pasarle un informe. Si la persona fallecía, no había ningún problema: ya estaba predestinado para eso…”.

***

Carmen Helena Bernal, directora del jardín infantil Jorge Bejarano, y Martha León, secretaria del Jefe de Personal, les gritaban a mi mamá y a otras empleadas que se escondieran bajo los escritorios. Lo intentaron varias veces y en todos los tonos pero ninguna atendió. Ni siquiera lo hicieron cuando al menos once francotiradores subieron a la azotea del DABS arrasando con puertas y ventanas. El peor de los miedos no es el que hace temblar, llorar, sudar y gritar, sino el que paraliza.

De inmediato se triplicaron los disparos. En la calle, soldados ocultos tras las columnas de la Alcaldía asomaban sus fusiles y los disparaban sin mirar hacia el Palacio, como quien tiene una sola oportunidad y se aferra a Dios o a su suerte, como encomendando cada proyectil: otra cara del miedo.

Mi mamá dice que se pasmó por el pavor. Que no explotó sino se lo guardó, lo pasó con tragos gruesos de saliva y, está convencida, se lo transmitió completo al bebé.

A las 4:00 p.m., entre las ráfagas y los bombazos, uniformados de todos los colores evacuaron a gritos cada oficina de cada piso en el DABS. Se hizo por el parqueadero trasero. Tomados de la mano, celadores, administrativos, secretarias, conductores, aseadoras y profesores formaban una cadena humana de llanto y ceños fruncidos que serpenteaba hasta la Carrera Décima.

Hay gente que lo ha experimentado y da fe de que los más trágicos eventos en la vida son también los más difíciles de detallar, pero mi mamá no recuerda otro tanto como este: iba corriendo sujetada de la mano de mi papá y de la de Marinita Bohórquez, directora del Jardín Bello Horizonte, una de las grandes amigas de su vida laboral. Como si viera fotografías, recuerda que agazapada, mirando hacia el piso, pensó que se iba a morir. Avanzaba y cada cierta distancia le venía la sensación de que en cualquier momento recibiría un disparo conforme los oía estallar a lo lejos. Pensó que eso era todo, y que era hora de tomar decisiones. Apretó más fuerte la mano de Marinita, la miró a los ojos como asegurándose de no tener que repetir el mensaje y le dijo:

“Si Jorge y yo no salimos vivos de acá cuide a mi Paulis, no se la entregue a nadie. Recoja a la niña en el jardín y cuídemela”.

Esa tarde del 6 de noviembre Marinita Bohórquez no tuvo que recoger a Paulita, pero las palabras de mi mamá la unieron para siempre a mi hermana. Marinita nunca se casó pero es una mujer muy católica y muy mariana, por eso Paula, a modo de recompensa, la escogió años después como su madrina de confirmación.

***

Ese 6 de noviembre, una cuadra más arriba del lugar en el que mi mamá se puso a salvo, el agente Ricardo Gámez dice que vio salir del Palacio de Justicia a una mujer embarazada. Era Ana Castiblanco, auxiliar de la cafetería. Tenía una barriga de siete meses y una semana antes había pedido la licencia de maternidad que nunca recibió. Los nervios por el tiroteo y los incendios la pusieron en labores de parto, apenas minutos después, entre un camión militar. Ana tuvo el bebé pero nadie la volvió a ver. Su cuerpo apareció en el año 2000 en el Cementerio del Sur. Gámez asegura que el niño de Ana vive, hoy cumple 30 años y habría sido criado por un suboficial que, desde luego, nunca le habría dicho la verdad.

5:15 pm. Mi mamá supo que se había salvado cuando llegó con mi papá y otros cientos a la Carrera Décima y un gamín le pidió una moneda de 5 pesos. La indiferencia que se respiraba en esa calle maldita irritaba y la vez tranquilizaba. El transporte público y particular circulaba como si nada, los corrillos de pasajeros de la hora pico estaban ahí como cualquier día de semana. Los gritos de los comerciantes nunca se fueron, el olor a pescado y naranja tampoco. Era en ese entonces, y es hoy, la misma calle de mierda de siempre.

De regreso al jardín de Paulita, y luego al barrio, mi papá no dijo ni una sola palabra. Cuando los tres llegaron a la casa él sacó a la sala un televisor General Electrics, sintonizó el Noticiero de las Siete y se puso a planchar unos pañales de tela sobre una de las esquinas del comedor. Mi mamá servía la comida con una mano y con la otra sostenía a Paulita, que ya dormía recostada en sus propios cachetes. En pantalla, el Palacio de Justicia ardió 10 horas más…

***

Ese día solo sucedió lo inevitable. Tuvieron que pasar años para darnos cuenta de que el destino no es otra cosa que una madeja echada a rodar. Cree uno que hay tantos caminos que cada persona tiene el suyo aparte, que si se cruzan es por obra de un tremendo azar. Al final, cuando pasa el tiempo y la madeja se hace más pequeña hasta que ya no rueda más -cuando cada cual muere-, aparece esa única hebra de la que todos vamos colgados: el destino.

Estirado y horizontal, sin coincidencias ni profecías, sin epifanías ni déjà vúes, parece que nunca deja de ser el mismo destino para todos, solo que cada cual tira de la parte del hilo que le tocó, cada cual corre a cunclillarse desde el escondite que eligió.

Faltando 20 para las 10:00 pm mi mamá acostó a Paulita y terminó de llamar y atender llamadas de amigos y familiares. Exhausta de contarles la misma historia, de explicar las coincidencias que la situaron cerca del Palacio, de describir los terribles sonidos e imágenes, de recordar lo que le tocó decirle a Marinita Bohórquez. Le dolía la cabeza, asomaban de nuevo las náuseas y en su rostro, visibles, aquellos nervios de paloma. Mi papá apagó el televisor, se le arrimó, le sobó la panza y, aplomado como siempre, al fin recuperó el habla:

“Gorda. Si es niña, Natalia; si es niño, Andrés. Y con Ricardo, como ese muñeco tuyo. Andrés Ricardo…”

Mi mamá volvió a sonreír. Habían pasado doce horas desde la última vez.

Andrés Guevara Borges
@palabraseca

***

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5 comentarios en “Noticia de un embarazo

  1. Una coincidencia o algo inevitable: mis papás y tus papás tenían la misma cama con el espaldar de mimbre. : )
    Yo siempre he tenido la idea de que las dos cosas, azar y destino, conviven.

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