La otra paz

handpeaceUn día se nos olvidó qué cosa es la paz. Un día entre estas cinco décadas borroseamos para siempre su significado y hoy la paz puede ser cualquier cosa. Nos la han vendido como una era zodiacal fantástica y casi definitiva que comienza con un estrechón de manos y de inmediato salpica de polvo de estrellas a la generación que le tocó la suerte. Y listo: La Paz. ¿Tan fácil es la paz?, bueno, por algo la hemos venido comprando: porque cuesta poco.

Los mitos que hemos creado con la paz no son menos ingenuos que los creados por los violentos para crear la guerraLo digo sin excluirme. Hemos reducido esa palabreja a cosas como el cese al fuego con las guerrillas, a la incierta desmovilización de criminales, a una constituyente, a no diez mil sino quinientos muertos, a la derrota militar o al hecho de poder ir a la finca: hasta ese punto hemos querido/debido conformarnos.

Hablamos de una paz como si solo hubiera una guerra. Como si cuarenta millones de estómagos no pidieran comida tres veces al día, como si nuestra precaria educación garantizara la movilidad social, como si los enfermos más pobres se murieran por enigmas de la ciencia y no por caer en un sistema de salud indolente y corrupto, como si los cuatro poderes operaran en perfecta coreografía. En fin, como si fuéramos mártires -y además mártires de malas- por nacer en un lugar donde la violencia se genera injusta e espontáneamente, sin que nadie se explique por qué o cómo. Como si fuera un flash mob.

No engañamos a nadie. Nuestra guerra más dura es orgánica y contra nosotros mismos, por eso aceptaremos como paz cualquier cosa que nos ofrezcan y lo haremos sin ninguna vergüenza. No sería la primera vez. Así mismo hemos aceptado, sin firmar nada, cualquier cosa que llamen trabajo digno, educación, libertad, esperanza y felicidad.

Las paces más útiles son las más difíciles. Una con los corruptos que nos han saqueado, con los bancos, con los jueces comprados y los empresarios explotadores, con los narcos y los sicarios, los conductores borrachos y los periodistas tendenciosos. Con los malos ricos que roban y matan para ser más ricos; con los malos pobres que denigran a los pobres honestos cada vez que salen a robar y a matar para comprarse unos tenis o un televisor de esos de colgar.

Paz con los fanáticos de toda clase: desde los cristianos fundamentalistas hasta los barrabravas que dan y quitan la vida por el equipo de su ciudad, los mismos que en soledad maldicen su suerte por haber nacido en Bogotá y no en un arrabal de Buenos Aires.

Paz con usted y conmigo, que si nos dan a escoger prefierimos ver antes que hacer. Que cuidamos con paranoia nuestro metro cuadrado de bienestar y nos da mamera hacer favores. Que nos quejamos por deporte en busca de aprobación.

Cuál paz, si aún siendo una idea buena, bonita y barata no hemos podido con ella. Si no nos ha servido porque no es gratis. Si la estamos esperando en lugar de ir a buscarla, si no nos queremos tragar ningún sapo por ella.

El día que se firme la paz -una paz- con la guerrilla nos vamos a dar cuenta de que nuestro menor problema es el postconflicto. Entonces nos tendremos que mirar a los ojos y ya no habrá políticos, ni columnistas, ni tratados, ni observadores internacionales ni mesas de negociación. De pronto entonces recordemos qué cosa es la paz, no la del estrechón de manos y pergaminos membreteados, no la que hemos comprado hasta hoy, sino la otra paz.

Andrés G. Borges
@palabraseca
Originalmente publicado en El Tiempo

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