Qué pereza ser campeón

santaSi algo admiraba hasta ayer del hincha promedio de Santa Fe era su fabulosa relación con el fracaso. Debe ser muy lindo, pensaba yo, nunca haber visto campeón al equipo de uno y sin embargo cada ocho días ponerse la camiseta, ir al estadio o seguirlo por TV sin otro fin que el de abrazar una tradición, de obviar el resultado. Es un sentimiento auténtico, volví a pensar.

Pero esa racha tarde o temprano se acaba, porque la única razón de ser de un equipo de fútbol es ser campeón. Y ayer pasó, ganaron, sin embargo se me antoja que fue más lo que perdieron. Cuestión de mística, quién sabe.

Es muy raro ver a esos hinchas que nada esperan recibiendo todo lo que da el triunfo. Con risa nerviosa de campeón, teniendo que estar por primera vez en las buenas” sin la dignidad y abnegación de quien siempre ha estado “en las malas”. Anoche lucían la victoria pero como con incomodidad. Debe ser apenas normal: solo hay una manera de celebrar y es como uno ha visto celebrar a los hinchas rivales. Durante la premiación no sabían si abrazarse, llorar, gritar, llamar a un hincha de Millonarios o subir fotos a Facebook. Es como si hubieran descubierto lo que otros ya hemos vivido pero que casi nunca decimos en voz alta: ser campeón no es gran cosa, mucho menos de la Liga Postobón.

Santa Fe perdió un tesoro y en el fondo sus mejores hinchas lo saben, sobre todo los más viejos, los de verdad. A la salida del estadio pasaban engarrotados de frío, se acomodaban la bufanda para sonreír a las cámaras y con esfuerzo se abrían las chompas para besar el escudo. Gritaban “¡Santa Fe, Santa Fe, Santcofff!”, tosían y caminaban apuradito, pensaban si coger taxi o Transmilenio. No se hallaban. Finalmente los más viejos -insisto- se fueron a celebrar a la casa porque qué raro es celebrar, qué ajeno es ser campeón.

Durante el partido mi papá, el hincha de Santa Fe que más conozco, fue ejemplo vivo de lo que estoy diciendo. Descontando que sufrió todo el partido, cuando por fin Santa Fe marcó él se enfrascó en una absurda discusión con mi mámá sobre si Copete cabeceó o pechó la pelota. A tres minutos del final renegaba desesperado por la falta puntería de Ómar Pérez para meter el segundo gol (que nunca necesitó). Tras el pitazo final se enojó porque vio a Edwin Cardona buscándole pelea a un jugador del Pasto, renegó de que “aparte de que está gordo no la suelta”. Y así, haciendo lo suyo: sufriendo. No hubo éxtasis en su celebración, más bien le picaba. Acarició al perro y le dijo cursi “¡¡campeones!!”. Luego se fue a dormir.

Así son los hinchas de Santa Fe que yo recuerdo y admiro. Como Pacheco, Daniel Samper, Amparo Grisales y Yamit Amad, un grupo de papanatas que se refieren a Santa Fe con un cariño limpio, como quien ama a una novia que sabe que es fea, como un placer culpable, como una utopía.

Anoche Santa Fe perdió buena parte de la mística, esa que lo diferenciaba de odiosos equipos como el mío. Ahora tendrán hinchas arrogantes como yo, de esos que echamos en cara campeonatos de épocas borrosas, de los que hacemos sacar jugadores extranjeros, de los que no creemos en los procesos ni esperamos a la cantera, de los que chiflamos cuando el equipo toca hacia atrás, de los que sacamos por la puerta de atrás al técnico que nos dio una alegría. Hinchas nefastos, como yo, sea de América, Millonarios o Nacional.

El día después de ser campeón es el más duro porque aparece el vacío del éxito. Esperar 37 años (o uno) por la alegría de ganar un campeonato y luego sentir esa angustia de que no era para tanto, ver cómo esa emoción decrece a medida que pasa la resaca de triunfo. Darse cuenta de que uno estaría más orgulloso de su ciudad si tuviera la mejor alcaldía, el mejor transporte o el mejor aire del país y no el mejor equipo de fútbol. Menos barrasbravas y en cambio más vías, empleo, seguridad y sol.

Es la vieja y querida victoria pírrica, donde queda más dañado el vencedor que el vencido. Ganó un título merecidísimo, quién dice que no, pero se despercudió la mística y la extática, la fibra del sentimiento. Mire usted, no hay nada más relativo que el éxito y Santa Fe ya empezó a padecer esa maldición. Ya dos pelados se mataron por celebrar encima de un camión. Ya bautizaron Santafecita Bareño Rodríguez a una niña que no tuvo opción. Ya es tarde, el bichito ya picó. Qué pereza ser campeón.

En Twitter: @Palabraseca
También en EL TIEMPO

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Un comentario en “Qué pereza ser campeón

  1. Aunque ya te había leído…volver a releer ,me hace reflexionar..no solo en el triunfo de un equipo sino sobre las acciones cotidianas que los seres emprendemos día a día
    .

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