Queso campesino

Como en las últimas tres noches salí al balcón con un cigarrillo y un vaso de Coca-Cola. En la nevera hay una cerveza que se me antoja mucho más, pero es de Beatriz. Pasa que el fin de semana hemos estado encerrados y en absoluto silencio después de una pelea absurda desatada por mi irracional aversión al queso campesino, y que terminó con un pacto, igualmente descabellado, en el que, en adelante, cada uno se preparará y se cocinará lo que quiera comer.

Desde el quinto piso se ve lo que pasa en los apartamentos del edificio de enfrente. Nunca nada interesante. Para mi sorpresa, hay alguien en los pisos más altos viendo el debate de Hillary Clinton y Donald Trump, probablemente profesores gringos de intercambio, están por todas partes; abajo, una pareja de jóvenes tumbados en un enorme sofá, ambos con la mirada clavada en el celular mientras su bebé gatea entre mantas y juguetes suavecitos tratando de llamar su atención. No lo consigue.

En la calle, que se deja ver amarilla y brillante entre los árboles y el oscuro abismo entre ambas torres, hay un muchacho reconocido en el barrio que sufre de graves problemas mentales: se aposta en la entrada de Brownies de la Casa, un restaurante aceptable de comida americana que redime su carta costosa con enormes porciones. Sin exagerar, el muchacho está completamente loco. Pasa varias horas llevando sobre su cabeza un pequeño balde en el que trata de encestar, siempre sin éxito, una bola –o algo parecido- que lanza hasta por encima de los cables telefónicos. Al tiempo que lo hace, grita cosas indescifrables y se mueve al ritmo de la música, seguramente inexistente, que proviene de los audífonos que no se quita ni para recibir propinas.

Grita con tal fuerza, este tipo, con tal demencia, que para mí es inútil tratar de concentrarme en el tren de humo del cigarrillo que se ve nítido en estas noches húmedas; en el por qué me obligué a tomar Coca-Cola en lugar de esa cerveza que suda cristales en la nevera, en la soledad de ese bebé de padres millennials, en el pesado silencio de nuestro apartamento. Un policía de tránsito, quizás irritado tanto como yo, detiene su moto y lo reprende de manera comprensiva, casi tierna, hasta que el hombre descansa su resaca de locura en el andén. Me quedan dos bocanadas para volver a lo que estaba pensando cuando decidí salir a fumar, a aclarar mis ideas. Imposible. Vuelvo del balcón con un pensamiento nuevo y angustiante: no hay caso en sentirse libre. Habrá unas mejores que otras, pero todos vivimos en una cárcel.